Acoso a estudiantes universitarias en la Florida, un problema no denunciado

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Acoso a estudiantes universitarias en Florida, un problema no denunciado

“Estuve cerca de contarles, pero me encontraba en negación. En ese momento no podía aceptar que algo así me pudiera estar pasando a mí”.

Con estas palabras, Andrea Rivera, exalumna de la Universidad de Florida, UF, expresa su frustración tras haber sido víctima de acoso durante casi un año. 

En agosto de 2015, Andrea, en ese momento de 19 años, empezó su carrera en economía en UF entusiasmada por comenzar sus clases, expandir sus conocimientos y conseguir su diploma, pero, sobre todo, entusiasmada por experimentar la vida universitaria.

Era la primera vez que iba a vivir fuera de casa. Andrea se mudó a uno de los dormitorios de la universidad en donde hizo amigos desde el primer día.

Ella presume de ser alguien muy sociable: “Intenté conocer a la mayor cantidad de personas y asistir a la mayor cantidad de eventos desde el momento que llegué a UF”.

Durante los primeros tres años de su carrera, Andrea hizo su vida en la universidad sin inconvenientes y encontró un balance entre la parte académica y la social. Sin embargo, en 2018 las cosas cambiaron.

En octubre de ese año, a unas semanas del Día de Acción de Gracias, dice que se encontraba trabajando en una de sus asignaciones cuando un hombre de aproximadamente 20 años se acercó a ella para preguntarle si sabía dónde se encontraba la biblioteca. Ella le dio indicaciones, el joven se lo agradeció y Andrea regresó a su trabajo.

Aproximadamente una hora después decidió volver a su dormitorio. En cuanto comenzó a caminar, se encontró nuevamente con el joven que le había pedido indicaciones anteriormente. “No se me hizo raro”, según recuerda. “Incluso me reí porque nos habíamos topado de nuevo y le pregunté si había encontrado la biblioteca. Al principio parecía confundido y muy serio, pero después me dijo que si la había encontrado y me lo agradeció nuevamente”.

Los días siguientes transcurrieron de manera normal. Sin embargo, Andrea dice que comenzó a percatarse de la presencia del joven en diferentes lugares de la universidad.

“Las siguientes veces no nos topábamos, ni me preguntaba nada, de hecho, nunca estaba lo suficientemente cerca de mí para hablar o para hacer contacto visual – recuerda -. Estuve tentada de acercarme y preguntarle su nombre, pero después pensé que eso lo animaría a platicar más y aunque me gusta conocer gente nueva, él me dio mala espina desde el inicio”.

La situación continuó durante los días siguientes, pero Andrea se había convencido de que todo era una coincidencia y que “estaba siendo paranoica”.

A finales de noviembre regresó a casa de sus padres para celebrar el Día de Acción de Gracias. Durante esos días con su familia, olvidó la situación que la había estado preocupando las últimas semanas.

Cuando regresó a la universidad se sentía descansada y estaba segura de que todo había sido una coincidencia de la cual no debía preocuparse. Pero la realidad era otra. A los pocos días de haber regresado al campus, el acoso volvió también.

Andrea cuenta que a pesar de ubicarse en sitios diferentes a los que solía acudir, el joven eventualmente aparecía en los mismos lugares.

“Yo siempre estudiaba en el primer piso de la biblioteca y noté que él también se sentaba ahí. Entonces un día decidí comenzar a trabajar en el segundo nivel y después de un par de días, él comenzó a sentarse ahí también. Sucedió lo mismo en la cafetería, comencé a comer en las mesas de afuera y a los pocos días él hizo lo mismo”. 

Uno de los lugares donde Andrea no había visto al joven anteriormente era el gimnasio en el que entrenaba de manera rutinaria. Ella cuenta que una mañana mientras se ejercitaba, se colocó frente a uno de los espejos del gimnasio y fue entonces cuando lo vio.

“Él no se dio cuenta que lo vi porque estaba volteada hacia el otro lado, pero a través del espejo pude ver claramente que era él quien había pasado caminando y mirándome”, explica con preocupación.

A pesar de que era la primera vez que Andrea lo había visto en el gimnasio, cuenta que no volvió después de eso por lo que había presenciado ya en la biblioteca y en la cafetería.

“Dejé de ir al gimnasio y salir a caminar porque esas eran actividades que me gustaba hacer sola y ya no me sentía tranquila estando sin nadie que me acompañara”.

Inicialmente, Andrea no le contó a nadie lo que estaba viviendo y además pasaba cada vez más tiempo en su dormitorio. Dice que se limitó a salir únicamente para tomar clases o para comprar alimentos.

“Mis amigas comenzaron a preguntarme por qué ya no salía más, sobre todo porque se trataba de nuestro último año antes de graduarnos. Estuve cerca de contarles, pero me encontraba en negación”, y lamenta que en ese momento no pudiera aceptar que algo así le pudiera estar pasando a ella.

Además de los efectos que el acoso tuvo en la vida social de Andrea Rivera, su vida académica también se vio afectada: “Mis calificaciones ese último año fueron las más bajas de toda mi carrera. En parte fue porque faltaba a clase cuando no quería encontrarme con él. También fue porque me costaba mucho concentrarme en mis trabajos y sobre todo dormir”.

A pesar de la ansiedad y la falta de sueño, Andrea obtuvo su título en 2019. Un par de días después de la graduación regresó a casa de sus padres.

“Han pasado tres años y no he vuelto a verlo, pero aún tengo pesadillas”. Eso le hizo pedir ayuda profesional. “Actualmente voy a terapia y ya he platicado esto con mi familia y mis amigos. Si hubiera tomado la decisión antes, podría haber tenido mucho más tranquilidad y apoyo en mi último año. Sobre todo, estoy molesta conmigo misma porque debí haberlo denunciado a la policía. La situación pudo haberse convertido en algo aún peor de lo que viví”.

Concepto, leyes y estatutos sobre el acoso en Florida

El tema del acoso es una de las principales preocupaciones en mujeres universitarias, según los testimonios de varias alumnas de Florida. Sin embargo, los registros de delitos de algunas de las principales universidades no reflejan esta realidad debido a que varias de las alumnas que experimentan una situación de acoso no lo reportan a la policía.

Aunque el acoso es un delito de género neutro, el Centro Nacional para las Víctimas del Crimen (NCVC por sus siglas en inglés), asegura que la mayoría de las víctimas son mujeres con un 78%, mientras que la mayoría de los autores del acoso son hombres, con un 87%.

“Nadie está exento y cualquiera puede ser una víctima”, reflexiona el abogado especialista en acoso Julián Sánchez. “He tenido casos de mujeres que son acosadas y también de hombres. La realidad, sin embargo, es que en la mayoría de los casos son las mujeres las que reportan el acoso”.

Según el Estatuto 784 del estado de Florida, “una persona que siga y acose física o cibernéticamente a otra persona de forma intencionada, maliciosa y repetida, comete el delito de acoso”.

De acuerdo con esta sección de la ley, el término acoso significa participar en un curso de conducta dirigido a una persona específica que causa una angustia emocional sustancial y no tiene ningún propósito legítimo.

A diferencia de otros delitos que implican un único incidente, el abogado Sánchez explica que el acoso es un patrón de comportamiento. A menudo se compone de actos individuales que podrían, por sí mismos, parecer inofensivos o no delictivos, pero que cuando se toman en el contexto de una situación de acoso, podrían constituir un delito.

Las definiciones legales de acoso difieren según el lugar; sin embargo, el acoso es un delito con arreglo a las leyes de los 50 estados, el Distrito de Columbia, los territorios de Estados Unidos y el Gobierno Federal.

“El acoso no es solo comunicación o intento de comunicación no deseada por parte de alguien más”, matiza el abogado Sánchez y añade que “estar siguiendo a una persona sin su consentimiento mientras realiza sus actividades cotidianas o tener cualquier tipo de comportamiento que haga que la víctima se sienta angustiada, es considerado acoso”.

El Estatuto 775.084 del estado de Florida dice que el acoso constituye un delito menor de primer grado que conlleva una posible pena de hasta un año de prisión, un año de libertad condicional y una multa de 1.000 dólares.

Sin embargo, si la situación pasa a ser “acoso agravado” se está cometiendo un delito grave de tercer grado que se castiga con hasta cinco años de prisión y una posible multa de 5.000 dólares.

“Desafortunadamente para la víctima, el acoso no es algo fácil de demostrar ante la ley. Principalmente porque en muchos casos es difícil de probar más allá de una duda razonable. El ‘buen acosador’ normalmente tendrá una excusa aparentemente sensata que los demás creerán”, bajo el punto de vista del abogado Julián Sánchez.

El Acta de Jeanne Clery

En 1986, la estudiante de primer año Jeanne Clery fue violada y asesinada en su propia residencia dentro del campus en la Universidad de Lehigh en Pensilvania.

El suceso hizo que aumentara la atención sobre los delitos no denunciados en numerosos campus universitarios de todo el país. En 1990, el Congreso de los Estados Unidos promulgó el Acta Jeanne Clery de Divulgación de la Política de Seguridad y de las Estadísticas de Delincuencia en el Campus.

El acta ha sido modificada cinco veces desde su promulgación para incluir mayores medidas de seguridad y de denuncia, la última en 2013.

El Acta Clery, como mejor se le conoce, aplica para todos los colegios y universidades que reciben cualquier tipo de financiamiento federal y exige que divulguen información sobre determinados delitos que se producen en el campus o en sus inmediaciones.

Pero a pesar de que el Acta Clery obliga a las universidades a reportar los delitos, no exige que los alumnos reporten los incidentes.

“El principal propósito de publicar la información de delitos es mantener al público informado. Pero no solo es eso. Al recibir el reporte de un crimen como el acoso, la policía no solo se encarga de investigar el caso, sino también proporcionar los diferentes recursos a los cuales puede acceder la víctima”. Lo dice el capitán Moss, del Departamento de Policía de la Universidad Internacional de Florida (FIU).

“Los documentos muestran los incidentes que han sido reportados durante el mes, pero eso no quiere decir que todos los que ocurren en el campus hayan sido reportados”, lamenta el capitán Moss.

En el caso de FIU existe el Programa de Empoderamiento de las Víctimas (VEP por sus siglas en inglés).  De igual manera, UF cuenta con la Oficina de Servicios a las Víctimas, y UM incluye dentro de su página web un enlace a la organización sin fines de lucro Mujeres Ayudando a Mujeres (WHW por sus siglas en inglés), que proporciona apoyo directo a las víctimas, incluyendo la intervención en caso de crisis, la defensa y la asistencia.

De acuerdo con el oficial William Gerlach del Departamento de Policía de UM, la universidad cuenta con diversos recursos dirigidos a hombres y mujeres, pero en su momento consideraron que era importante incluir un espacio que estuviera orientado específicamente a las mujeres.

Universitarias: Más propensas al acoso, menos probable que denuncien

De acuerdo con el estudio Women’s Experiences of Stalking on Campus, la incidencia del acoso entre las mujeres universitarias en Estados Unidos y Canadá va del 25% al 45% en cuanto a la prevalencia a lo largo de la vida, y entre el 13% y el 22% desde que la mujer comenzó los estudios postsecundarios. Sin embargo, un estudio realizado por Sam Houston State University revela que a pesar de que las estudiantes universitarias tienen el doble de probabilidades de ser acosadas que el público en general, son menos propensas a denunciar el acoso a la policía.

De acuerdo con el psicólogo juvenil Eduardo Guerrero, la principal razón por la cual las estudiantes no reportan situaciones de acoso es el temor a las repercusiones, seguido de la negación y el pensar que están exagerando o imaginando el acoso.

“Normalmente lo ven en programas de televisión o en películas; sin embargo, cuando las chicas comienzan a experimentar el acoso en su vida pueden entrar en una fase de negación. Incluso terminar en una posición más vulnerable si la persona a la que deciden contarle responde de manera negativa o le resta importancia al asunto”, en palabras del psicólogo Eduardo Guerrero.  

El profesor de la Universidad de Miami, Luis Lima, que ha impartido clases durante más de 13 años, cree que el hecho de que las estudiantes tengan los mismos horarios en los mismos salones durante todo el semestre facilita localizar a una persona para luego acosarla. “Incluso en mis clases he solicitado que todos los alumnos compartan su información de correo en un archivo para que puedan comunicarse. Nunca pensando que alguien hará mal uso de eso”.

De acuerdo con el psicólogo Eduardo Guerrero, los hombres han asumido el poder y el dominio desde tiempos ancestrales. “Esto ha llevado a que muchos de ellos utilicen la manipulación o la intimidación para conseguir lo que quieren. El tener la capacidad de controlar las emociones y la mente de una mujer, es lo que le da al acosador un sentimiento de poder y de control”.

Asimismo, la psicosexóloga Andrea Quirós considera que el acosador no necesariamente debe ser mayor en edad ni un superior, como un profesor, ya que “el simple hecho de que se trate de un hombre frente a una mujer otorga ese abuso de poder”.

Atacando un problema invisible

De acuerdo con el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, el acoso es uno de los cuatro pilares de la Ley de Violencia contra la Mujer, un texto legal que ha recibido más de 9 mil millones de dólares en fondos federales dedicados a la lucha contra la violencia doméstica, la agresión sexual, la violencia en las citas y el acoso.

Los archivos del Departamento de Justicia también indican que el acoso es un precursor frecuente de la agresión sexual.

La experta en violencia de género Lucía Marcilla cree que aunque el acoso puede parecer al principio “solo una molestia”, a menudo conduce a una violencia grave. “Alguien que acosa es alguien que puede ser peligroso. Muchos hombres han golpeado, violado y asesinado a mujeres que acosaban. Es importante tomar el acoso con la misma seriedad con la cual se tomaría una violación”.

Según el capitán Moss, cuando una víctima de acoso convierte su intuición en acción, las autoridades policiales, los fiscales y los tribunales tienen las herramientas necesarias para intervenir; sin embargo, cuando los incidentes no se reportan, esas mismas autoridades se enfrentan a un “problema invisible”.

“Nuestro trabajo es proporcionar un entorno seguro para los estudiantes, los profesores y el personal de la universidad”, en opinión del capitán Moss.

“El problema es que cuando un incidente no se reporta no podemos analizarlo y esto nos complica que podamos establecer o endurecer las medidas de seguridad”.

De acuerdo con los registros, en los últimos seis meses se reportaron cuatro casos de acoso en la Universidad Internacional de Florida, dos en la Universidad de Florida, y solo uno en la Universidad de Miami. Pero Andrea Rivera asegura que es un tema recurrente entre las estudiantes. “Puede que no se reporte a la policía, a maestros o autoridades, pero finalmente es algo que se escucha entre amigos, principalmente entre amigas, diría yo. Es una de esas historias que todas tienen, aunque haya sido a diferentes niveles”.

¿Cortejar o acosar?

A pesar de que el acoso no es un incidente exclusivamente de las universidades, el estudio de Sam Houston State University revela que mientras el 2.2% del público general sufrió acoso en un año, esto ocurrió para el 4.3% de las estudiantes universitarias.

Dentro de este grupo, entre el 50% y el 80% de los casos no se denunciaron a la policía. Sandra Rodríguez, estudiante de la Universidad Internacional de Florida, es una de las mujeres que pertenece a este grupo.

En enero de 2021, Sandra ingresó en FIU y conoció a un joven que cursaba el último semestre de su programa en la universidad. “Su forma de hablar era apresurada, pero aparte de eso no noté nada raro en él”.

Después de algunas semanas, el joven le pidió a Sandra su número de teléfono celular, a lo que ella accedió. “La verdad, no dudé en compartir mi número. Era alguien con quien iba a clase y teníamos, al menos en ese momento, lo que yo consideraría una buena amistad. En los primeros días, intercambiamos mensajes de manera normal, tal vez cada dos o tres días. Pero después se volvió algo que hacía a diario”.

Tras comenzar a recibir mensajes de texto día tras día, Sandra comenzó a sentirse “abrumada y saturada”, por lo que limitó sus respuestas. “No era solo el hecho de que escribía a diario, sino que después de pedirle un ‘break’ y que por favor dejara de escribirme durante algunos días, él ignoró mi mensaje”.

Finalmente, Sandra decidió bloquear el contacto en su celular, pero en cuanto lo hizo, comenzó a recibir correos electrónicos del joven. “Fue ahí donde realmente me comencé a sentir acosada”, recuerda con temor. “Lo primero que pensé fue en pedir ayuda. No estaba segura si a la policía, pero definitivamente mi asesor académico me pasó por la mente”.

Antes de solicitar cualquier tipo de asistencia o apoyo, Sandra comentó la situación con una de sus amigas. “Cuando comencé a explicarle a mi amiga lo que había estado pasando, lo primero que hizo fue reírse. Me dijo que este chico simplemente estaba desesperado por salir conmigo en una cita e incluso sintió lástima por él”.

Ella le mostró los mensajes e incluso mencionó la posibilidad de recurrir a la policía, a lo que su amiga reaccionó de manera negativa explicándole que estaba exagerando y que podría causarle problemas al joven.

“Recuerdo perfectamente su expresión. Ella me estaba haciendo sentir como si yo estuviera loca o si estuviera haciendo algo malo a pesar de que yo solo quería sentirme segura”. La respuesta que obtuvo de su amiga al final fue que “era mi decisión pero que tomara en cuenta que los mensajes no decían ni contenían nada malo”.

Tras considerar las palabras de su amiga, Sandra decidió no hablar con nadie más acerca del acoso que estaba viviendo.

“En clase, por supuesto me encontré con él y me pidió que desbloqueara su contacto; como sabía que lo tendría que seguir viéndole lo hice”, y añade que “los mensajes continuaron hasta que finalmente él se graduó. “En ese instante lo bloqueé de mi celular, en mi correo e incluso cerré mis redes, aunque no lo tenía agregado en ninguna. Lloré mucho y la pasé muy mal. Incluso hoy a veces pienso que puede encontrarme y me da terror”.

La denuncia: ¿Mejorando o empeorando la situación?

Los efectos del acoso en la salud mental y física de las mujeres pueden ser graves y duraderos. Entre una muestra representativa de la población de los Estados Unidos, los datos de la Encuesta Nacional sobre la Violencia contra las Mujeres demostraron que el acoso está asociado a una mala salud, a las lesiones, a la depresión y al consumo de alcohol y drogas.

Además, la Oficina de Violencia contra la Mujer de Estados Unidos sugiere que el acoso representa un coste económico para las víctimas, ya que pueden faltar al trabajo o a las clases para evitar a su acosador.

Marisol Martínez, estudiante de la Universidad de Miami comenzó a experimentar síntomas de depresión tras haber sido acosada por su exnovio durante cuatro meses.

“Cuando terminó la relación, pensé que sería como cualquier otra en donde cada uno toma su camino, pero no fue así”.

Tras haber finalizado la relación de dos años, Marisol asegura que, aunque no recibió llamadas o mensajes de texto, su expareja la seguía a diferentes sitios dentro del campus, e incluso en una ocasión se percató de que estaba comiendo en el mismo restaurante que ella fuera de las instalaciones de la universidad.  

“Ese día, después de regresar del restaurante, pensé en reportar el asunto a alguna autoridad. Pero luego me vino a la cabeza esa vez cuando tuvimos una pelea y él se puso violento; me insultó y hasta me empujó. Entonces pensé que si lo reportaba sería peor, él podría negarlo todo y después venir a por mí”, según dice, aún atemorizada.

A pesar de que el acoso continuó, Marisol Martínez hizo su mayor esfuerzo para enfocarse en sus estudios e ignorar la situación; sin embargo, al finalizar el semestre, tomó la decisión de dejar el dormitorio en la universidad y regresar a casa.

“El acoso paró solamente porque yo pisaba el campus si tenía clase, después regresaba a casa enseguida”, recuerda con pesar. “Al principio, sentía cosas como tristeza y pesimismo. Me sentía sola y no tenía ganas de hacer nada. Después pensé que estaba mejorando porque tenía muchas ganas de ir fiestas o a beber (alcohol), pero en realidad fue muy malo porque dejé de poner atención a la escuela y a depender de ‘la fiesta’ para sentirme bien”.

Aunque habló del acoso con algunos de sus amigos, Marisol decidió ocultarlo a sus padres y evitó tomar cualquier tipo de acción pues consideró que si lo denunciaba podría únicamente agravar la situación.

De acuerdo con el oficial William Gerlach, reportar los incidentes que se producen, les permite analizar lo que ha ocurrido, así como las causas y factores que han intervenido. Pero la historia de Lauren McCluskey, que fue asesinada en 2018 por su expareja, Melvin Shawn Rowland, dentro del campus de la Universidad de Utah, dice lo contrario.

Según el reporte del crimen, McCluskey y sus amigos se pusieron en contacto con los funcionarios del campus para denunciar el acoso y la intimidación de Melvin Shawn Rowland. Desafortunadamente, los esfuerzos fueron en vano e incluso contraproducentes ya que “cuando Lauren se negó a seguir su manipulación y denunció sus acciones a la policía, él la acosó y la mató”.

Rebeca Ortiz graduated from the Monterrey Institute of Technology and Higher Education and is currently pursuing her master’s degree in Mass Communication. She aims to create content for a major network and become a mediator between creative producers and audience.